Hiram Guadalupe Pérez
Sociólogo y Periodista
Por
más de veinte años, el Partido Popular Democrático (PPD) ha mostrado
que es incapaz de ganar una elección sin antes persuadir a miles de
electores que, sin sentir afinidad ideológica con su colectividad, ni
mucho menos confiar en su capacidad para ofrecer el mejor de los
gobiernos, han prestado su voto para frenar al Partido Nuevo Progresista
(PNP).
El
cálculo político tras esta realidad ha estado matizado, en la mayoría
de los casos, por tres factores. El primero atiende a la aversión que
siente una parte de la ciudadanía contra el liderato penepé por su
vinculación a un historial de corrupción gubernamental, prácticas
totalitarias, represión, intolerancia y estilos burdos.
Un
segundo factor se inscribe en la intención expresa de un sector que ha
asumido, en muchas ocasiones, que un voto a favor del pepedé contribuye a
detener el impulso de las incansables huestes anexionistas, aunque ese
mismo voto pueda ser interpretado, en el análisis a posteriori, como un
endoso al estancamiento colonial.
Esta
estrategia ha cobijado a muchos electores realengos, y otros tantos
independentistas confesos, para quienes atajar el proyecto ideológico de
la estadidad se ha convertido en su principal
La
tercera consideración pudiera catalogarse como una reducción simplista:
“no hay nada más”. Esa afirmación, que se hace sentir con frecuencia,
parte de una errónea percepción de los procesos políticos, reduciendo el
tablero electoral a los únicos dos partidos que han gobernado el País
por más de cincuenta años.
Es
una opción ineficaz que responde a una visión confinada al juego del
“quítate tú, pa’ ponerme yo” que nos ha traído hasta donde estamos.
Es,
precisamente, en torno a ese “no hay nada más” que gravita la fórmula
del miedo que insufla el pepedé como maniobra para pescar votos fuera de
su, cada vez más, reducida militancia. Por eso, en la medida que el
calendario nos acerca a los comicios de noviembre, escuchamos el
retrueno de las voces del liderato de esa colectividad intentando,
desesperadamente, convencer al electorado con su cantaleta del voto
útil, como si más allá de su partido el mundo cayera en un abismo.
Esta
semana, fue el propio candidato a la gobernación Alejandro García
Padilla quien señaló, en una entrevista radial, su deseabilidad de que
los nuevos partidos que figuran en la papeleta electoral de noviembre, a
los que llamó minoritarios, no diluyeran “el voto de protesta” en
contra del gobernador Luis Fortuño.
El racionamiento de este aspirante es que la derrota del gubernamental PNP sólo se garantiza votando por su colectividad.
Una
respuesta acertada contra ese argumento la escuchamos inmediatamente
del candidato a la gobernación por el Partido del Pueblo Trabajador
(PPT), Rafael Bernabé, quien calificó las expresiones del insulso
senador popular como “una invitación a autoflagelarnos”.
“Lo
lamentable de esta situación es que como ambos partidos (PPD y PNP) no
difieren en sus ideas políticas su única propuesta posible para sumar
votos es la del llamado voto castigo y eso es un chantaje”, señaló el
líder del pepeté.
No
hay mucho más que decir. Revisemos las propuestas principales de estos
partidos por los últimos años y confirmaremos que hemos estamos ante el
mismo monstruo, pero con dos cabezas. Las diferenciaciones entre ambos
son tan escasas que se diluyen.
Por
suerte, los signos de los tiempos cambian y hoy el electorado tiene
opciones para romper con el bipartidismo y comenzar a caminar hacia la
construcción de un país más justo y
Lejos
de la cacofónica retórica de populares y penepés, están los candidatos
del PPT y el MUS, que representan nuevas alternativas electorales que
hay que apoyar. El pepeté, por ejemplo, se ha blindado con la
candidatura de Rafael Bernabe. Ahí hay una opción real para quienes
apostamos a un nuevo y mejor País.

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