jueves, 28 de junio de 2012

Los nuevos partidos

Por Félix Córdoba Iturregui 

Se habla del surgimiento de nuevos partidos como si fuese algo nunca visto en la historia de Puerto Rico. Sin embargo, no es así. En 1972, por ejemplo, participaron seis partidos en la contienda electoral. En aquel momento, para un gran sector de la población, la urgencia era derrotar al gobierno del Partido Nuevo Progresista, que ganó las elecciones de noviembre de 1968 como resultado de la división del Partido Popular Democrático. La victoria del PNP representó un cambio cualitativo en la historia política de Puerto Rico. Le puso fin a la larga hegemonía del PPD. Pero el cambio no significó el comienzo de una nueva hegemonía. En noviembre de 1972, el PNP fue derrotado por el PPD. Aunque la victoria fue contundente, no evitó que el Partido Independentista Puertorriqueño quedara inscrito después de varias elecciones sin lograr este objetivo. No pocos pensaron que el PPD reanudaría su dominio político. No fue así. Su sólida victoria electoral se evaporó en 1976 ante el auge de un Partido Nuevo Progresista dirigido por Carlos Romero Barceló con su efectiva consigna de que la estadidad era para los pobres.

La recesión generalizada de 1974-75 puso de manifiesto de forma decisiva el final de un largo período de crecimiento económico acelerado. La situación política puertorriqueña se transformó. No habría ya espacio para la formación de una nueva hegemonía política. El derrumbe del proyecto petroquímico durante la década del 70 acabó también con la ilusión de un sólido y amplio desarrollo industrial. No obstante, el establecimiento de la Sección 936, en 1976, pudo darle cierta estabilidad al proyecto de industrialización impulsado por la Administración de Fomento Económico mediante la consolidación de las unidades productivas de alta tecnología. En ese contexto económico, prevaleció un ritmo de alternancia política que pareció consolidar con sorprendente simetría un sistema bipartidista de dominación política. Si bien el PIP logró sobrevivir a la sombra del contrapunto de las dos organizaciones principales, no pudo aprovechar significativamente el movimiento de la crisis social.

Es muy posible que el síntoma más importante del relativo agotamiento político del país se manifestara durante la década del 90 con el surgimiento de la candidatura independiente al Senado de Neftalí García Martínez. La débil capacidad organizativa del Movimiento Amplio de Pueblo que lanzó la candidatura de García Martínez no tuvo la capacidad de defender la totalidad de los votos obtenidos. Aun así, se lograron contar más de 70,000 votos en cada una de las dos ocasiones en que el Movimiento Amplio de Pueblo participó en las elecciones (1992 y 1996). El resultado fue sorprendente si se considera que durante la década del 90 del pasado siglo la economía estuvo en un proceso de auge. En medio de la expansión, sin embargo, el PNP propició la eliminación de la Sección 936 sin preocuparse por elaborar una alternativa que sustituyera el mecanismo que había logrado estabilizar relativamente la economía industrial local.

La eliminación de la Sección 936 acentuó el desencadenamiento de las contradicciones que se mueven en el interior de la economía de Puerto Rico. El período de diez años que se le concedió a su eliminación definitiva, desde finales de 1995 a finales de 2005, hizo perceptible el colapso del empleo industrial en Puerto Rico. La pérdida significativa de empleos y el empeoramiento de la situación fiscal del gobierno fue anterior a la gran recesión global de 2008-2009. La primera manifestación agudamente crítica a partir de diciembre de 2005 fue el cierre gubernamental de mayo de 2006. La difícil situación económica se manifestó entonces de una forma en que no se podía separar del complicado tejido político que la acompañaba: un gobierno dividido. La manifestación más evidente de la crisis, su dimensión fiscal, incluyó a los dos partidos de gobierno. El entrelazamiento entre lo económico y lo político fue tan intenso que muchos analistas, incluyendo destacados economistas, se refirieron al carácter autoinfligido de la crisis. Algunos, no pocos, llegaron a referirse a dimensiones perversas de los partidos políticos y de lo político. A pesar de los tenaces intentos del PNP de desentenderse de las consecuencias de la crisis actual, como también del PPD en su crítica al gobierno de Luis Fortuño, los dos partidos que se han alternado el gobierno son responsables de la situación atroz que vive el país.

Por consiguiente, algo de un alcance muy considerable ha madurado: el desgaste profundo de los dos partidos dominantes en la política puertorriqueña durante más de cuatro décadas. Si en 1968 terminó la extensa hegemonía del PPD, actualmente se ha agotado el sistema bipartidista que prevaleció a partir de la década del 70. La dimensión histórica de la crisis se ha seguido profundizando. La monumental victoria electoral de Luis Fortuño en noviembre de 2008, lejos de anunciar una nueva hegemonía del PNP, lo que manifestó fue el repudio masivo al PPD.

Después de cuatro años del crudo neoliberalismo fortuñista, hoy puede verse la otra cara de la moneda: el terrible desgaste y desprestigio del PNP. ¿Por qué la situación puede revertirse de manera tan rápida y contundente? La explicación no puede desprenderse del alcance de la crisis. Contingentes cada vez mayores de la población ya no creen en ninguno de los dos partidos de gobierno. Muy pocos votan con ilusión. Lo que predomina es el voto de castigo y el repudio. Pero nadie espera nada nuevo del resentimiento que prevalece en las elecciones. El voto, en realidad, es uno desesperanzado.

En este contexto de abarcador desgaste político, de repudio popular contra dos partidos que han abrazado la política neoliberal, es que han surgido los nuevos partidos. No se trata de algo trivial o pasajero. Sorprende oír analistas descartando las nuevas opciones apoyados en el miedo de que las nuevas organizaciones debiliten la posibilidad de derrotar al terrible gobierno de Luis Fortuño. Aun sin quererlo se convierten en los defensores de la desesperanza y de la pasividad política. Podrían, además, estar atrapados en una concepción estática del electorado anexionista. La realidad parece ser otra. El inmenso cuerpo de electores que pertenecía al PNP también sufre el profundo desgaste que abarca al resto de la población. Está fragmentado y disperso. El desesperado intento del liderato del PNP, insistiendo en el carácter ideológico del partido y en la propuesta plebiscitaria, es un abierto reconocimiento de la crisis que sufre la organización. En este contexto de crisis, convertirse en portavoz del miedo, tratando de minimizar el posible impacto de los nuevos partidos, es darle la espalda a la complejidad de la historia. Aun si las nuevas propuestas fracasaran, no se borraría el desgaste de profundas dimensiones históricas que han sufrido los dos partidos principales. La misma crisis social que ambos han creado es el molino que los tritura. La democracia puertorriqueña necesita nuevas opciones.

Desde la década del treinta del pasado siglo no ha existido un contexto político de tanta fluidez. Si la desesperación de la población ante el catastrófico gobierno de Luis Fortuño hiciera posible la aglutinación de la oposición en torno al PPD, la situación no habría cambiado. La fluidez estaría ahí, agazapada, momentáneamente escondida, susceptible ante el aguijón de la desesperanza. La tarea difícil, pero posible, es abrirle espacio a la esperanza antes de noviembre. La existencia de la fluidez señalada conlleva la posibilidad de un amplio espacio de acción. Si los nuevos partidos tropiezan en la anchura de ese espacio es porque todavía llevan la pequeñez dibujada en la piel. Hace falta una fuerte sacudida para entrar en contacto con las urgencias de una población que ha sido duramente golpeada.

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